Tened por Templo, el Universo
por Altar, vuestros Corazones
por Imagen, a Dios
por Sacerdote, la Conciencia.

(Hilario, guía de Constancia)

 

 

Biografia

 

Allan Kardec:

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Algunas fechas constituyen para los hombres motivo de justa rememoración y reconocimiento… Un 3 de octubre de 1804 nacía en la Ciudad de Lyon, Francia, el profesor Hippolyte Léon Denizard Rivail -más conocido como Allan Kardec-; por ello, quienes compartimos el ideal espírita enarbolamos la bandera de la esperanza en la redención humana y rendimos homenaje de respeto y admiración al insigne filósofo, de espíritu ecuánime, que tomó sobre sí la enorme tarea de dar forma a un cuerpo de doctrina sobre la base granítica de la observación y del análisis, sustentándose en el hecho positívo, demostrado, de la existencia del mundo espiritual y sus manifestaciones terrenas.
                        Tal es el fundamento de la doctrina espiritista, la piedra angular sobre la que descansa su grandioso edificio, sólidamente compacto y cerrado con la llave de la razón y la lógica.
                        Por ello su nombre quedará en la historia, su obra en la urna de lo inmortal, su recuerdo en todos los corazones que palpitaron –y palpitan- al impulso de las elevadas enseñanzas recibidas, comprendiendo, vislumbrando nuevos y vastos horizontes. No han sido pocos los que gracias al legado de amor, caridad y esperanza kardeciano vieron mitigadas sus penas o conmovidos sus corazones endurecidos; los que tras sentir el punzante dolor provocado por la pérdida de un ser querido o fluctuar en las frías aguas del escepticismo navegando sin rumbo en el mar de la existencia, se valieron del conocimiento adquirido como bálsamo para curar las heridas o brújula para hallar el camino recto. Sin duda, esas personas pueden apreciar la enorme valía del trabajo realizado por el genio lyonés y atestiguar en pro de una doctrina como la nuestra que, teniendo al bien como esencia, no se vale de ritos y dogmas para proclamar, ante una sociedad egoísta y materializada, la existencia de un Dios todo bondad, justicia y misericordia, la preexistencia y supervivencia del alma respecto del cuerpo, la reencarnación del espíritu, su eterna identidad a través del tiempo y del espacio, el progreso indefinido, la pluralidad de mundos habitados, la solidaridad universal y, como realidad indubitable, la comunicación espiritual con los encarnados.
                        He aquí los principios en que se basa la doctrina espiritista, revelados a los hombres por la Espiritualidad Superior y sabiamente compilados y coordinados por aquel a quien, certeramente, Camilo Flammarión denominó “el sentido común encarnado”. Allan Kardec, valiente y abnegado apóstol, noble misionero que no dudo en sacrificar la salud ni enfrentar las iras de los unos, el desprecio de otros, el ridículo y sarcasmo de los más, para dar a conocer al género humano una filosofía regeneradora, origen de inefables consuelos y esperanzas, que pone en evidencia al espíritu y despierta conciencias a una realidad superior.
                        Cuadra aquí realizar una breve reseña de sus obras, donde muchos de nosotros comenzamos a deletrear nuestras primeras ideas espiritualistas: “El Libro de los Espíritus”(1857); “El Libro de los Médiums”(1861); “El Evangelio según el Espiritismo”(1864) –se menciona estos tres títulos en primer término pues constituyen los pilares sobre los que descansa nuestra idea entendida como filosofía, ciencia y moral a la vez-; “¿Qué es el Espiritismo?(1859); “El Espiritismo en su más simple expresión”(1862); “Viaje Espírita en 1862”(editado el mismo año); “El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina según el Espiritismo”(1865); “El Génesis, los Milagros y las Predicciones según el Espiritismo”(1868) y, finalmente, “Obras Póstumas” (1890). A la par de estos títulos, desde 1858, Kardec también publicaba su no menos destacada “Revista Espírita”.
                        Como se advierte fácilmente, ha sido en extremo intensa y profícua la tarea que el insigne pedagogo francés realizó desinteresadamente en cumplimiento de la misión que le encomendara la Providencia; máxime si consideramos que oyó hablar por primera vez de espiritismo en 1854, a los 50 años de edad, y que falleció con tan sólo 65 años, el 31 de marzo de 1869.

                        Por ello, rindamos el justo homenaje a uno de los pensadores más notables y preclaros que tuvo el siglo XIX: al que encarnó con la divina misión de trazar nuevos derroteros; de inocular en la conciencia del ser humano la savia regeneradora de una elevada concepción de vida; al que con mano firme descorrió el espeso velo que ocultaba al hombre la luz de la verdad. ¡Espíritas!, nuestro tributo al ilustre “Codificador” debe consistir en continuar su obra practicando la verdadera moral, la que principia en la humilde caridad y termina con el perdón sublime, estudiando y difundiendo la filosofía que nos legaran las luminarias del Espacio, hermanados por sus enseñanzas.                        
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